viernes, 12 de diciembre de 2008

ANTE UNA SOCIEDAD ENFERMA, JESÚS VIENE A SALVARNOS

 

Se acerca la Navidad, el Niño Dios viene a nuestro encuentro a sanarnos de nuestras dolencias. Buen momento para pedirle no sólo por nuestros enfermos sino, también, por toda una sociedad postrada. Nunca he creído en la aplicación de las características de algunas personas a todo un colectivo. Sin embargo, me arriesgo en esta ocasión pues no deja de ser un fenómeno, digno de estudio, el hecho cierto del aplauso general a comportamientos enfermizos pues aunque exista, todavía, un substrato de verdad en la sociedad que sabe diferenciar entre el bien y el mal ello no evita que podamos compararla, en el contexto del conocimiento y la actitud incoherente, con delincuentes que conocen mejor el código penal que sus abogados, sin que este conocer suponga una intención de rehabilitación y, asimismo en otra dimensión, con muchos enfermos mentales que han leído  varios libros sobre las patologías que padecen o todas en general sin que, tampoco, suponga su curación o, en algunos casos, el simple deseo de obtenerla. Si no siempre es fácil, en lo individual, saber si algunos perversos fueron, previamente, enfermos psíquicos o si la persona que se deja dominar por los primeros brotes de envidias, odios, ánimos vengativos u otros pecados termina por ser perverso y enfermo psíquico, en lo social nos podemos decantar porque primero fue la aceptación y la justificación del pecado y, posteriormente, la enfermedad. En este orden de cosas, siendo consciente de que toda generalización es incompleta y peligrosa, podemos descubrir en nuestra sociedad española, al aceptar e imitar las actitudes de los poderosos que reúnen estas características, síntomas de esquizofrenia, paranoia, psicopatía y talante esquizoide.

 

Una sociedad, constituida por dirigidos y dirigentes a los que aplicamos lo que en adelante apuntamos, enferma porque es aceptadora de la cultura de la muerte, sin rebelarse en su mayoría; asistente pasiva a la destrucción de la niñez; insolidaria y educada en el egoísmo en todos los órdenes, que cree que la culpa es siempre de los antepasados (personas, sistemas políticos) o de los demás en general; insensata y no tiene pensamiento que profundice en las grandes preguntas y en el origen de lo que sucede; desesperanzada, sin ilusiones, viendo como natural el suicidio asistido y, en el futuro, la eutanasia activa para todos; viciosa de la propia imagen, sin principios ni moral objetiva; ansiosa de protagonismo excesivo, y con ejemplos de recreadores de la naturaleza, egocéntrica al máximo; individualista; vengativa (memoria histórica); criticona que no crítica; aborregada y sin iniciativas, y un largo etcétera. En los siguientes párrafos, reproduzco algunos síntomas de enfermedades. Que cada lector vea, por sí mismo, si estas manifestaciones se están generalizando y, si en el fondo, muchas no son ya verdaderos pecados sociales. Veamos:

 

Esquizofrenia  incluye como síntomas, entre otros, el delirio, cambios de conducta, retraimiento emocional, apatía, pensamiento estereotipado, limitación en la fluidez y productividad del discurso, el deterioro del procesamiento de la información, trastorno de las funciones ejecutivas (planificar, priorizar), discapacidad social, aplanamiento afectivo, disforia (irritabilidad, tensión), el humor depresivo, desesperanza e ideas suicidas, hostilidad, impulsividad, aislamiento y conducta antisocial.

Paranoia: angustias, como la de estar siendo perseguido por personas o grupos o ser el elegido para una alta misión, como la de constituirse en salvador de colectivos o del mundo, delirios por celos, etc. y se presenta, sobre todo, en individuos de personalidad orgullosa, ególatra y desconfiada. Se afirma que los factores desencadenantes se encuentran muy activos en los que presentan un acusado narcisismo y que se han visto frustrados (expulsiones, ceses, fracasos), por tanto dotados de una baja autoestima. Esto provoca que se dispare en los mismos el mecanismo de Proyección por el cual atribuimos a otros impulsos, fantasías, frustraciones y tensiones que nos resultan inaceptables e insoportables en nosotros mismos. Según estudios psiquiátricos, el pensamiento paranoide, es rígido e incorregible: no tiene en cuenta las razones contrarias, recoge datos que le confirmen el prejuicio, convertido así en convicción. La culpa de mis fracasos, además, siempre es de otros, especialmente de los allegados que le han ayudado.

Personalidad psicópata. Los psicópatas no pueden empatizar ni sentir culpa, interactúan con las demás personas como si fuesen un objeto (hoy te cojo mañana te dejo), las utilizan para conseguir sus objetivos. Si hacen algo en beneficio de alguien o de alguna causa es sólo por egoísmo, para su beneficio. Pueden cometer actos contra el prójimo, para ellos justificados, con total falta de escrúpulos.

Esquizoide: Cínico, falso, autómata con fantasías vengativas omnipotentes contra toda una sociedad o grupo que le hizo mal, grandiosidad oculta, retraído, distante, pocos amigos cercanos, inmune a los sentimientos de otros.

 

¡Ven Señor Jesús y no tardes!

viernes, 5 de diciembre de 2008

Violencia y Verdad II. Declaraciones ministeriales

Joaquín Jaubert. 5 de diciembre.

Siempre ha sido mi deseo evitar, en mis artículos, pronunciamientos políticos fuera de los que propicia el Magisterio de la Iglesia en torno a los principios inmutables del orden natural de las cosas, el derecho a la vida, la protección de la familia, etc. Creo continuar en esa primera intención en mi opinión abajo expuesta. Hoy tocaba otro escrito, pero leídas las declaraciones de una ministra, recogidas en este periódico, no puedo dejar pasar la oportunidad de escribir un segundo capítulo del artículo de la semana pasada.

Cito parte de la noticia: “Durante la inauguración de las jornadas 'Las mujeres bajo la dictadura franquista', organizadas por la Fundación Pablo Iglesias, la ministra explicó que el problema de la violencia machista "guarda relación con la herencia de un pasado en el que las mujeres no eran ciudadanas de pleno derecho".

Repito que no se pueden hacer continuamente compartimentos estancos con el tema de la violencia, convertido en un fenómeno cotidiano en todos los ámbitos de la vida social. Datos objetivos con respecto al pasado son las estadísticas oficiales sobre la delincuencia que aumenta a un ritmo vertiginoso con las cárceles y las calles llenas de violentos de todo género. Padres e hijos (incluidas madres y niños abortados), traficantes de droga y drogadictos, profesores y alumnos, maridos y esposas y más entre concubinos y concubinas, compañeros de colegio entre sí, bandas organizadas, racistas de una y otra raza, ultras del fútbol, separatistas, terroristas, y un casi  interminable etcétera. A todo ello habría que sumar las escenas, el tono y el doblaje de las películas, mucho más violento que el leguaje utilizado en el idioma original, amén de las expresiones de los políticos y de los medios de comunicación.

Recuerdo tres tipos de anécdotas de mi niñez. La primera, tiene que ver con mi afición infantil y juvenil al fútbol, hoy superada. No se borra de mi memoria la actuación del público asistente que, en el máximo de su enfado, lanzaba almohadillas al terreno de juego; sólo había dos policías y ambos leyendo el Marca. Un famoso sociólogo, hoy convertido a la sensatez, llegó a afirmar que dichos lanzamientos estaban motivados por la represión política y que acabarían con el advenimiento del nuevo sistema. Al llegar tan esperado momento, hubo que hacer uso de vallas, fosos, y policías armados de escudos, cascos, porras, etc. sin poder evitar una violencia mayor cada jornada. La segunda, el viaje de fin de curso realizado a Madrid en los años setenta, tenía 15 años, al igual que mis compañeros, y los Hermanos de la Salle permitieron que estuviéramos solos por la calles de la capital hasta las cuatro o cinco de la madrugada, no había temores de violencia contra nosotros ni policías vigilando para reprimirlos. La tercera, aunque la película se estrenara años antes, los comentarios de mis mayores escandalizados por la bofetada que le da Glenn Ford a Rita Hayworth en la película Gilda, lo que se consideraba inadmisible en la mentalidad de la época. No hago ningún comentario más del cine actual y las imágenes que nos ofrece.

Violencia siempre ha habido, pero más hoy que ayer, teniendo en cuenta incluso la llamada de género. No defiendo un sistema político, sino una mentalidad social, en parte debida al sistema  que siguiendo las directrices de la Iglesia fomentaba la reconciliación, el perdón, el amor a la Verdad y la honradez. No había bolso que perdiera una señora que no fuera encontrado con el total de su contenido, sea dicho de paso. En definitiva, en todos los órdenes de nuestro occidente actual vivimos de contravalores, de  una contracultura en apogeo, y de unos malos principios sostenidos por los poderes dominantes.

Aquellas palabras del tribuno de la tradición que afirmaba “ay de aquellos que elevan altares a los principios y cadalsos a la consecuencias” sigue manteniendo su vigencia. O retomamos el respeto al orden natural de las cosas y a una moral objetiva o señora ministra estamos abocados a ser víctimas de cualquier tipo de violencia.